La maldad existe. Los actos malos deliberados, en "pleno uso de razón" existen. Pero como tenemos terror a reconocer-lo o reconocer-nos en dicho acto, como el acto es inconcebible de otra forma, buscamos una razón que lo justifique, una patología que nos consuele, un fanatismo que lo autorice. Lo monstruoso, sin embargo, es irreductible, así tratemos de darle otros nombres. En "La transparencia del mal" Baudrillard nos dice que la fuerza de nombrar al Mal en occidente se nos ha escapado. A fuerza de expulsar de nosotros la parte maldita, de blanquear el Mal, éste se metamorfosea y se vuelve letal. Un solo acto o una sola palabra del Mal es suficiente para desestabilizar todo el sistema y precipitarlo al vacío. Es necesario, pues, dejar de transparentarlo, mostrarlo en lo que es, en su naturaleza perversa, en su opacidad, en su energía inversa, y dejar a un lado eufemismos que sólo diluyen su verdadero rostro. Existe la posibilidad de que el 26 de marzo de 2015 Andreas Lubitz haya encarnado el Mal.
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